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Julián Gayarre, tenor

Música y músicos > Intérpretes, compositores, otros > Gayarre, Julián, tenor

Durante un mes largo fue capaz de cantar veinte óperas en El Teatro Viejo
 






 
El debut de Gayarre en Bilbao
 
 
Carlos Bacigalupe
 
         Se reedita el libro de Antonio Peña y Goñi que analiza las características artísticas del tenor navarro y de su rival Masini
  
         Auspiciado por la Fundación Bil­bao 700 y editado por Muelle de Uribitarte, acaba de aparecer en el mercado un libro de no excesiva paginación, un opúsculo si se quiere, titulado Gayarre y Masini. La ópera en Bilbao en 1882. La obra es la primera reedición del li­bro escrito por el guipuzcoano An­tonio Peña y Goñi Arte y patriotismo. Gayarre y Masini y está prolo­gada por Jesús María Casado Harpigny, quien también se ha encar­gado de epilogarla.
 
Ciertamente, ambos añadidos han contribuido a mejorar el pro­yecto inicial, porque el autor del librito original no hacía otra cosa si­no contraponer la figura de ambos tenores, haciendo crítica de su for­ma de cantar y de sus disposicio­nes interpretativas en escena. La editorial bilbaína ha ido más allá, hasta contemplar una interesante panorámica del Bilbao que vivía 1882, una ciudad de cuarenta mil habitantes, con auténtico fervor cultural. En su prólogo, Casado habla de los teatros con los que contaba la Villa, comenzando por el Teatro Viejo que al poco sería derruido, para continuar con otras salas de menor importancia cuales el Teatro Romea, sito en la esquina de las calles de La Laguna y del Gimnasio; del Teatro Circo de la Gran Vía; y luego del Gayarre —¡qué fama no tendría el roncalés para merecer un teatro a su nom­bre! —, inaugurado en 1885.
  

                   
                                                                               GAYARRE                                                     MASINI
      
 
El debut de un tenor
 
         A fines de 1881, el empresario teatral bilbaíno don Luciano de Urízar, se empeñó en que Julián cantara en el viejo teatro arenalino. Conociendo la amistad que unía al navarro con Julio Enciso –cronista de la guerra carlista, escribano del Juzgado de Primera Instancia de Bilbao, y biógrafo del cantante– se empeñó en que le acompañara a Barcelona por ver que la idea se hiciera efectiva. “No sé si le con- vendrá a usted mi proposición –comenzó explicando al artista–, pero por dentro me atrevo a ofrecerle veinte funciones a mil duros cada una. Y como la mejor escritura es pagar, ahí tiene usted en le- tras sobre esta plaza los veinte mil duros adelantados”. Gayarre se asombró ante el gesto del hombre. Pero no era el navarro un especulador que podía aceptar tales condiciones, pues tamaña cantidad no se la cobraba a otros. Contratado como estaba para cantar en Palma de Mallorca, al despedirse de Urízar prometió verse con él cuando comenzara la temporada. “No faltaré. Tengo palabra de rey”, aseguró.
 
         Llegado el día, Gayarre comparecía en la estación del Norte acompañado de su incondicional amigo y consejero Pepe Elorrio. Previamente, Enciso se había trasladado con toda urgencia a Orduña para informales de que unas horas atrás don Luciano había expirado víctima de una aguda y rápida enfermedad. Era el 8 de abril de 1882.
 
         Como pago a la honradez que en su momento le mostró el empresario, Julián no sólo cantaría las veinte funciones prometidas en el breve espacio de un mes, sino que vigiló los ensayos y todo lo concerniente a las representaciones, con lo que salvaba los intereses comprometidos de aquella honrada y digna familia. Julio Enciso, por si fuera poco, contaba una anécdota que daba idea de la gallardía y humanidad que siempre acompañaron a Gayarre:
 
         “Su debut fue hijo de las circunstancias, pero tiernísimo. Estábamos concluyendo de almorzar al día siguiente de su llegada, y en aquella hora debía verificarse el entierro del señor Urízar, al que había acudido el todo Bilbao, pues era don Luciano sumamente querido y bien relacionado en la invicta villa.
          ¿Tienes en casa el Aria di Chiesa, de Stradella? me dijo Gayarre de pronto.
          Sí.
          Dámela.
          Se la di y echó a correr a la iglesia de San Nicolás; subió al coro y cantó aquella bellísima melodía ante el público bilbaíno, que por primera vez escuchaba la voz del gran tenor.
          He querido tributar esa pequeña muestra de cariño al buen amigo don Luciano– me dijo luego”.
          La campaña de Gayarre se extendió durante más de un mes, entre el 9 de abril y el 16 de mayo, y en su transcurso fue capaz de cantar veinte óperas, defendiendo como propios los intereses de la empresa y aun consiguiendo para ésta, a pesar del crecidísimo presupuesto, notables beneficios.



PEÑA Y GOÑI

G a y a r re y Masini
  
         Antonio Peña y Goñi, fue crítico y compositor nacido en San Sebastián el 2 de noviembre de 1846.
 
         Según la obra que nos ocupa, el empresario del Teatro Real, señor Rovira, contrató a Gayarre para la temporada 79-80, y con claras dificultades lo hizo para la siguiente. Como quiera que el tenor no quiso continuar, vino en hacerse con la presencia de Angelo Masini, un artista ya de fama, que cantaba hacía ya cinco años en el Teatro Imperial de San Petersburgo. En Madrid debutó cantando Hugonotes, y entusiasmó a un amplio sector del público, pero no a todo él, que llegó a calificarle como fantoche.
 
         A este respecto, Peña y Goñi quería distinguir los conceptos de cantante y artista. Es decir, diferenciaba los requisitos indispensables para incorporar un papel, que son la perfección material de la parte cantada y los sentimientos que provoca un personaje. La naturaleza puede dar lo primero, pero lo segundo es fruto de una labor individual en la que intervienen el talento, el carácter, la cultura y otras circunstancias.
 
            “¿Habrá necesidad de demostrar que entre la voz de Gayarre y la voz de Masini no hay comparación posible? No. Como belleza intrínseca, como volumen, como igualdad e intensidad de timbre, la voz de Gayarre aventaja, con mucho a la de Masini. La de éste es, desde luego, más flexible, más castigada, y se plegará con mucha más facilidad y brillantez que la de nuestro compatriota a las filigranas de la fioritura, a los juegos de la vocalización; pero nunca podrá alcanzar, ni aun de lejos, la expresión dramática que la robustez del volumen y el calor del timbre prestan naturalmente y sin esfuerzo alguno al órgano vocal de Gayarre, ni la gradación de matices y medias tintas que ofrecen al cantante navarro su mecanismo admirable, su maestría y facilidad en el uso de los registros y hasta sus facultades físicas”.
 
            Decía, en definitiva, que Gayarre era mejor cantante pero peor artista. “Por mí si me dieran a elegir entre los dos, me quedaría sin ninguno; pero si apretase la necesidad elegiría, desde luego a Gayarre. La frialdad e indiferencia lamentables de éste extrañan y acaban por irritar; pero el vaivén vertiginoso, el bulle-bulle continuo y sobre todo las genialidades de mal gusto de Masini marean y acaban por exasperar”.
 
         Habla Casado de la sencillez que adornaba cada acción del roncalés, cómo regaló a su pueblo unas escuelas públicas y un frontón en el que jugaba frecuentemente con su amigo el Chiquito de Eibar. De filiación republicana y liberal, manifestaba una abierta simpatía por todo lo vascongado, empezando por su lengua, que le llevaba a cantar el Gernikako arbola en numerosas ocasiones, una vez finalizada cada actuación.

 
  • Antón Fontán
         “Y vayamos al último de los tres testimonios que enunciamos, Caruso, el insigne Caruso, cuya vida y muerte presenta tantas semejanzas con las de Gayarre. En una entrevista aparecida en un rotativo de Nueva York, se expresaba así el partenopeo: “Yo por aquel entonces (1888) tenía pocos años (15, exactamente) y poquísimas liras…, pero cuantas noches podía trepaba al paraíso del San Carlos (de Nápoles) para escuchar embelesado a los grandes cantantes de entonces. De Stagno tengo todavía en el oído y en los ojos el ‘desafío’ de Los Hugonotes y el último ‘largo’ de El barbero de Sevilla; de Masini, el dúo con Gilda del Rigoletto y su famosísimo cuarto acto de Los Hugonotes; de Gayarre, el grito angustioso ‘Ah, madre mía! de Lucrezia Borgia y el ‘ataque’ de su aparición en La Africana: ‘O Paradiso!… Per Bacco!’. ¡Aquello era un paraíso de veras. ¡Qué grandes artistas Qué portentosos artistas!”.
  
         A estas descripciones se podrían añadir obras de críticos, compositores, etc., sin embargo, creemos que con los testimonios anteriores es suficiente.
 
         Teniendo, pues, en cuenta los testimonios de sus contemporáneos y compañeros y su repertorio, podemos deducir que el estilo de Gayarre fue eminentemente melódico, tanto en su fase de blando lirismo como en lo dramático. Su voz era homogénea en todos los registros, alcanzando en el agudo hasta el re bemol, y con un timbre dulce y flexible que le permitía ‘filar’ con la máxima perfección.
 
         Habrá habido cantantes de voz más extensa que la de Gayarre, incluso algunos cuyo órgano vocal fuera más robusto y sonoro, sin embargo, lo que no habrá habido en la historia de la música lírica es una voz tan bella, tan armoniosa, con tantos matices de suavidad, en una palabra, tan angelical o angélica. Estos son los calificativos que utilizaban con más frecuencia los contemporáneos cuando hablan de su voz. Una voz única, o el Tenor de La Voz de Ángel.
 
         Finalmente, y como la ABAO trata con este homenaje a Gayarre de conmemorar el centenario de su debut en Bilbao, vamos a destacar tres aspectos del tenor que nos demuestran su vasquismo de ley y su amor a Bilbao.
 
         La primera de estas manifestaciones es la que hace del tenor Gayarre y del Euskera su compatriota Isidoro Fagoaga en el libro Retablo Vasco.
 
         “A pesar de su vida andariega, o acaso por esto mismo, Julián Gayarre conservó siempre un encendido recuerdo por las cosas del terruño y en modo especial por su lengua y sus canciones. Era notoria su predilección por las composiciones de Iparraguirre y, entre estas, por el ‘Guernikako arbola’.
 
         Puede asegurarse que cuantas veces se celebraba una función en su honor, encontraba medio para incluir, en un intervalo o al final de la velada, el himno del bardo vasco. He aquí, referida por el cronista del diario madrileño “Iberia”, la síntesis de una función en el Teatro Real, en marzo de 1886:
         “Gayarre se despidió del público de la Corte con la ópera Lucia di Lammermoor. Al final y a petición de sus entusiastas admiradores, el artista cantó, acompañado al piano por el maestro Oller el ‘Guernikako arbola’. Los aplausos que el público le prodigó, le obligaron a repetir el inspirado himno vasco, que, dicho por Gayarre, con la expresión admirable del artista y del éuscaro, produjo en el auditorio entusiasmo indescriptible.
 
         Estas singulares despedidas que el gran cantor organizaba en los teatros peninsulares, llegó a repetirlas incluso en el extranjero: en París y también en Roma, sobre todo en esta última capital, donde, al término de sus compromisos artísticos, recibía en el hotel a todo el cuerpo de críticos, y, después del ágape, cantaba espontáneamente diferentes arias de su repertorio; al final, previa explicación de lo que la letra significaba, entonaba el ‘Guernikako arbola’.
 
         Con todo lo que a este respecto llevamos referido, yo no hallaba la prueba concluyente de cuanto afirmara su sobrino don Valentín de que su tío “hablaba bastante bien el vascuence y lo entendía perfectamente”. Esta prueba me la proporcionó la visita que, como queda explicado, efectué a Roncal en el verano de 1950.
 
         Allí previa autorización, buceé despaciosamente en la biblioteca familiar, ojeé todas las partituras musicales y, con la tiranía que sólo la nobleza del fin excusa, hice que los bonísimos de sus descendientes revolvieran hasta el último rincón de sus arcas y archivos. Y el tesoro, como lo presentía, se ofreció a mis ojos: más de sesenta cartas autógrafas, escritas a lo largo del tiempo y de las más diversas latitudes y, dulcis in fundo, otra carta —la perla negra entre las blancas— redactada toda ella, desde el encabezamiento a la despedida, en vascuence.
 
         Hela aquí en su texto integral:

         Barcelona, 19 de diciembre, 1884.
 
Ene tía Juana maitia.
Eugenia sin da [etorri da] arro ongui.
Quemen gaude anisco ongui guciac eta orií [berori] nola dago?
Nain din [nai du] sin [xin, jin, etorri] cona, [onera] ichasoaren ecustra?Anisco
andia da, tia Juana.
Nai badu nic dud anisco deiru orentaco vidagearen pagateco quemengo
statiaren pagataco. Ezdi eguiten quemen ozic batrere, chatendegu quemen
nisco ongui eta guero artan [artean, bertan] dugu iror nescache postretaco eta
gazte eta polit.
¡Ha! ¡cer vizia! ¡tia Juana maitia, amar urte chiquiago bagunu…!
Gorainzi guzientaco eta piyco bat nescachi pollit erroncari guziat.
Julián
                       
         Esta carta, aparte su donosa ternura, confirma la observación de don Valentín que antes reprodujimos. En efecto, es evidente que no hablaba bien el vascuence y, por obvia deducción, lo escribía probablemente peor, pero —y esto es lo que cuenta— se esforzaba, como vemos, por hacerlo, en lugar de pretender que fuera su tía, que apenas hablaba el castellano, la que hiciera el esfuerzo contrario”. [Fagoaga, Retablo Vasco]
 
         Otra anécdota de su amor a Bilbao es la que narra su amigo Julio Enciso, bilbaíno amigo y biógrafo, con motivo del concurso de orfeones celebrado en 1888, en una carta que le dirigió Gayarre y que vale la pena reproducirla:
         “Como te dije en el despacho que te he puesto hace una hora, no me he quedado a conocer  la adjudicación de los otros premios para ponerte el parte para que fueras el primero en saber el triunfo que ha obtenido el Orfeón de Bilbao.
 
         Ayer comenzó el certamen, y los chapelgorris estuvieron muy por encima de los demás, y el público los premió con una frenética salva de aplausos: la partida estaba ganada. Luego tocó el turno al de Limoges, que cantó bastante bien; pero había la diferencia de las bonitas voces, el brío y la gracia en favor de Bilbao.
 
         Hoy correspondía el certamen de lectura, y la lucha también ha sido entre Bilbao y Limoges. Los de Bilbao cogieron papeles, y a la señal del Jurado empezaron; y, chico, parecía que lo sabían de memoria, cantando con sin igual soltura; y aunque estaba prohibido el aplaudir, el público no se ha podido contener y les ha hecho una fiesta.
 
         Luego el de Limoges entró y cantó la lección bastante bien, pero parecía un coro de falsete, todo tristón.
 
         Concluido el certamen, el Jurado se retiró a deliberar, como en La Africana, faltando únicamente aquello de ‘il consiglio, o  signori…’. Pasó un rato, el ansia era grande; al fin apareció el Jurado, y cuando el secretario dijo: “Por ocho votos contra uno se adjudica el primer premio al Orfeón de Bilbao”, un ¡hurrah! general hizo temblar la sala. Los bilbaínos se abrazaban y abrazaban a Zabala. Todos gritaban (y yo el que más) ¡Viva Bilbao!
 
         Echó a correr al telégrafo, y todavía ignoro la adjudicación de los otros premios, pues en mi vida he sentido emociones como la de hoy. Un señor, cuando bajaba la escalera corriendo, me detuvo para preguntarme qué es lo que tenía, y yo le mandé a paseo y seguí corriendo. Ya te enviaré los periódicos”.
 
 
         Finalmente nos referimos al debut en Bilbao de Gayarre y su comportamiento con esta ciudad, para lo que acudimos al libro de Enciso en sus Memorias de Gayarre:
         “Al fin, en el otoño de 1881, un empresario bilbaíno, don Luciano de Urizar, hizo cuestión de amor el presentar a Gayarre en Bilbao. “Sabiendo mi amistad con él —dice Enciso—, se empeñó en que le acompañara a Barcelona —en cuyo teatro del Liceo actuaba— y donde, a nuestra llegada, no sólo le visitamos, sino que cenamos también en su compañía.
 
         Nadie habló de teatros durante la cena; pero a los postres, don Luciano se dirigió a Gayarre diciéndole:
 
        “Don Julián: he empeñado mi palabra de que Ud. cantará en Bilbao y estoy dispuesto a todo en conseguirlo. No sé si le convendrá a Ud. mi proposición; pero por de pronto me atrevo a ofrecerle veinte funciones, a mil duros cada una. Y como la mejor escritura es pagar, ahí tiene Ud. en letras sobre esta plaza veinte mil duros adelantados”.
 
         Y sacando una cartera la colocó frente a Gayarre. Éste, sorprendido, se quedó mirándome. Entonces le expliqué quién era don Luciano de Urizar.
 
         Don Luciano —contestó Gayarre—, ya veo que no es Ud. un especulador, y esto me obliga sobre todo. Esta obligación, mi amistad con don Julio y el cariño que profeso a Bilbao, a donde voy casi todos los veranos, me deciden. Iré, pues, pero… no puedo aceptar esas condiciones; sería abusar de Ud., y yo en mi vida he abusado de nadie. No puedo, pues, cobrar a Ud. mil duros, porque no se los cobro a los demás. Iré a Bilbao, yo me encargaré de todo, y, si, como espero, las cosas van bien, ya nos arreglaremos. Entretanto, hágame Ud. el favor de guardar esa cartera y ese dinero, que esto es lo último que debe hablarse entre nosotros”.







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